Muchos de nosotros podemos recordar el famoso juego de Tetris, algunos incluso aún lo jugamos eventualmente en alguna consola o en el teléfono. Yo lo juego todos los días, ¡varias veces al día! Y es que par mí, la vida es un constante juego de TETRIS. La meta es acomodar las fichas, alinearlas, evitar los espacios vacíos y, claro, no dejar que se acumulen a punto de llenar toda la pantalla y, entonces, terminar obligatoriamente el juego.
Lo mismo ocurre cada día, las circunstancias, los encuentros, la actitud propia y ajena, son fichas que aparecen en el juego diario, y cada uno de nosotros decide qué hacer con ellas. Algunas de ellas giran con facilidad y encajan, otras no, a algunas de ellas les damos vueltas y vueltas sin lograr ubicarlas perfectamente, y entonces quedan por ahí, causando vacíos que impiden que sumemos puntos en esa partida.
La clave para jugar es entender que, aún esa ficha juega, aunque la juzguemos inadecuada, aunque nos de malos ratos, esa ficha hace parte de nuestra construcción y nuestra alineación de bloques. Cada uno de nosotros puede, con las nuevas fichas, ir construyendo una estrategia para liberar la pantalla, para dejar nuevamente un buen espacio libre en la partida para seguir maniobrando. Mientras el juego esté activo las fichas seguirán apareciendo, una tras otra, y cada una de ellas sin importar su forma o su posición es una oportunidad para construir y sumar puntos, una oportunidad para crecer en nuestra destreza, en nuestra habilidad para maniobrar y para entender que, aunque no nos guste o no logremos encajarla en la primera, en esa ficha incómoda puede estar la clave para un maravilloso bloque que pronto se alineará y sumará a nuestra partida. Así las cosas y en el TETRIS de cada día, ¡la mejor opción es seguir jugando!

